jueves, 10 de junio de 2010

Escritura Automática (III)



Antiguo ejercicio entre Philip Muller y yo:

El viejo movía los hilos de sus ahijadas, las marionetas tuertas tostadas al sol. Cayó el telón sobre el mar de acero y el público infantil enmudeció ante tanta agua y sal. El reloj mutilado indicaba que se acercaba un hombre gris con su bastón de marfil y risa bonachona. Los niños se acercaron a comprar esperanza y golosinas. Sin embargo, en su maleta sólo tenía plumas de cuervo y esparto. Al instante se sintieron como si tuvieran un hacha en la espalda, una de esas que no corta pero que pica mucho. Tantas expectativas e ilusiones no dieron buen resultado, aunque el viejo hizo su agosto con sus sandalias de fuego. Todos los días veía la misma expresión en la cara de los niños sin borrador. La misma jota, caballo y rey sacados de la manga comunista. Los niños son así.

Poco pudo hacer el inquilino platónico al ver semejante despropicio. Las lejanas ideas de barro aún poblaban su tórrida calva y tomaban el sol desde ella. Pero sus inmundos vociferios hicieron que la puerta se cerrase a cal y canto.

Algo es algo.

5 comentarios:

  1. "...una de esas que no corta pero que pica mucho".

    En el momento no me convenció tanto, pero ahora que lo leo está muy bien.

    ResponderEliminar
  2. ¿Los adultos también podemos comprar esperanza?

    ResponderEliminar
  3. Sin embargo, en su maleta sólo tenía plumas de cuervo y esparto.

    ResponderEliminar