martes, 19 de octubre de 2010

La gallina (Cuento para niños tontos)


Había una gallina que era idiota. He dicho idiota. Pero era más idiota todavía. Le picaba un mosquito y salía corriendo. Le picaba una avispa y salía corriendo. Le picaba un murciélago y salía corriendo.

Todas las gallinas temen a las zorras. Pero esta gallina quería ser devorada por ellas. Y es que la gallina era una idiota. No era una gallina. Era una idiota.

En las noches de invierno la luna de las aldeas da grandes bofetadas a las gallinas. Unas bofetadas que se sienten por las calles. Da mucha risa. Los curas no podrán comprender nunca por qué son estas bofetadas, pero Dios sí. Y las gallinas también.

Será menester que sepáis todos que Dios es un gran monte VIVO. Tiene una piel de moscas y encima una piel de avispas y encima una piel de golondrinas y encima una piel de lagartos y encima una piel de lombrices y encima una piel de hombres y encima una piel de leopardos y todo. ¿Veis todo? Pues todo y además una piel de gallinas. Esto era lo que no sabía nuestra amiga.

¡Da risa considerar lo simpáticas que son las gallinas! Todas tienen cresta. Todas tienen culo. Todas ponen huevos. ¿Y qué me vais a decir?
La gallina idiota odiaba los huevos. Le gustaban los gallos, es cierto, como les gusta a las manos derechas de las personas esas picaduras de las zarzas o la iniciación del alfilerazo. Pero ella odiaba su propio huevo. Y sin embargo no hay nada más hermoso que un huevo.

Recién sacado de las espigas, todavía caliente, es la perfección de la boca, el párpado y el lóbulo de la oreja. La mejilla caliente de la que acaba de morir. Es el rostro. ¿No lo entendéis? Yo sí. Lo dicen los cuentos japoneses, y algunas mujeres ignorantes también lo saben.

No quiero defender la belleza enjuta del huevo, pero ya que todo el mundo alaba la pulcritud del espejo y la alegría de los que se revuelcan en la hierba, bien está que yo defienda un huevo contra una gallina idiota

Lo voy a decir: una gallina amiga de los hombres.

Una noche, la luna estaba repartiendo bofetadas a las gallinas. El mar y los tejados y las carboneras tenían la misma luz. Una luz donde el abejorro hubiera recibido las flechas de todo el mundo. Nadie dormía. Las gallinas no podían más. Tenían las crestas llenas de escarcha y los piojitos tocaban sus campanillitas eléctricas por el hueco de las bofetadas.

Un gallo se decidió al fin.

La gallina idiota se defendía.

El gallo bailó tres veces pero los gallos no saben enhebrar bien las agujas.

Tocaron las campanas de las torres porque tenían que tocar, y los cauces y los corredores y los que juegan al gol se pusieron tres veces morados y tintineantes. Empezó la lucha.

Gallo listo. Gallina idiota. Gallina lista. Gallo idiota. Listos los dos. Los dos idiotas. Gallo listo. Gallina idiota.

Luchaban. Luchaban. Luchaban. Así toda la noche. Y diez. Y veinte. Y un año. Y diez. Y siempre.

Federico García Lorca. 1934

lunes, 18 de octubre de 2010

Lookin' for the blues

Os dejo con el último corto de mi hermano, un proyecto que ha hecho en la North Carolina University. Es un documental sobre un cantante de blues local que desapareció bajo misteriosas circunstancias sin dejar rastro.

Resulta que el pobre era ciego, fue criado por una familia de negros (sus padres biológicos eran oftalmólogos profesionales y le abandonaron creyendo que debido a él no atraerían más clientes), y al darse cuenta de que no era negro, sino blanco, su mundo se vino abajo. Y se esfumó -- nadie sabe nada de él.

Merece la pena; está en inglés, por cierto.

sábado, 16 de octubre de 2010

Lulu, ¿te acuerdas?



Lulu, ¿te acuerdas? Dijiste 'let's go for a drink' al Orient Express, y eso hicimos, y así empezó todo. Tú, dos Desperados; yo, dos (o tres) ron-colas.

Lulu, ¿te acuerdas? Fuimos al cine a ver New York, I Love You y volvimos pensando en sus dispersas historias de amor mientras caminábamos por el Parque Yamaguchi.

Lulu, ¿te acuerdas? Los exámenes estaban a punto de terminar y fuimos a comprar tabaco una tarde de invierno; el campus estaba cubierto de blanco y hacía mucho frío.

Lulu, ¿te acuerdas? Te llamé desesperado porque no tenía disfraz para la fiesta, y me dejaste tus gafas Ray-Ban de pseudo-intelectual para que me las conjuntase con el jersey negro de cuello alto.

Lulu, ¿te acuerdas? Sentados fuera del colegio mayor, hablábamos y arrancábamos hierba y nos la tirábamos el uno al otro. Me hiciste una foto y se la enviaste a Bernardo.

Lulu, ¿te acuerdas? En verano, mientras dormías la siesta, yo tocaba la guitarra en la terraza.

Lulu, ¿te acuerdas? Siempre estábamos en contacto: de Pamplona a Pamplona; de Madrid a Guayaquil; de Viena a París; de San Salvador a Guayaquil; y ahora, de Chicago a Pamplona.

¿Te acuerdas, Lulu? Me dijiste 'Escribe sobre mí', y eso he hecho. Sólo me queda enviarte la carta que te prometí.

martes, 12 de octubre de 2010

Las palabras y la música



Alguien dijo que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura. La cita se ha repetido hasta la saciedad, y lo gracioso es que su autoría es objeto de numerosas discusiones -- unos se la atribuyen a Elvis Costello, otros a Frank Zappa, otros al humorista Martin Mull. Como analogía, aparte de ingeniosa, tiene bastante sentido: es incoherente explicar un arte a través del uso de otro arte totalmente distinto. ¿O no?

La música consiste en notas y silencios, y estos, a su vez, producen sentimientos en el que escucha. Los sentimientos son imposibles de explicar con sentimientos, con lo cual hemos de valernos de algo que los pueda hacer justicia en mayor o menor medida. En ciertos casos pienso que las palabras son, dentro de sus limitaciones, el mejor medio.

Explosions in the Sky son un grupo instrumental, prototipo del género llamado 'post-rock'. Su álbum más célebre se titula The Earth Is Not a Cold Dead Place, de 2003. La primera canción del disco, 'First Breath After Coma' es una increíble pieza de 9 minutos que le deja a uno exhausto.

Comienza con una tenue nota de guitarra eléctrica, que se repite una y otra vez, entrando y saliendo, entrando y saliendo, emulando a las ondas de un electrocardiograma. Poco después entra en escena el bombo de la batería con un pulso constante, como si de un corazón se tratara, al que se le suma una segunda guitarra con una melodia lentamente ascendiente, mientras el ritmo va creciendo y la percusión adquiere una intensidad contenida, marcada por lánguidas notas de bajo.

Y de repente adquiere protagonismo de nuevo la guitarra, acompañada por percusión digna de una marcha trunfal, y todos los instrumentos se solapan y se produce el despertar en un momento cataclísmico de belleza incontenible. Como una explosión épica de algo que no podía estar quieto más tiempo, así el paciente se despierta después del letargo -- es el first breath after coma del título de la canción, el éxtasis ansiado tras una interminable espera. Y las guitarras se entrelazan entre sí y todo sube y sube y sube.

En un crescendo de emociones el ritmo se acelera y continúa sin cesar, tras el cual el tempo se altera y todo parece pausar durante un instante, vuelve la calma y el silencio, con matices de fondo que parecen señalar una tormenta venidera. De súbito, todo parece bañado en un sentimiento de melancolía y tristeza; regresan los tambores con insistencia intermitente, y la melodía continúa con lentitud hasta ser atrapada en una catarsis de distorsión, y la canción termina.

Es música que le hace a uno sentirse vulnerable, música melancólica y tremendamente bella, poesía sin necesidad de palabras. Quizá lo mejor sea que escuchéis por vosotros mismos:




lunes, 11 de octubre de 2010

I did something I can't undo


Con frecuencia se suele oír a famosos decir que no se arrepienten de nada, e impulsivamente uno piensa que el portavoz de tan fulminante afirmación o es un hipócrita, o un soberbio empedernido, o, quizá incluso, que simplemente no tiene conciencia (o no es consciente de que la tiene). O quizá sea una manera de hablar, una simple expresión -- pero si así es de verdad, entonces no queda claro el contenido exacto de lo que quieren transmitir. Personalmente, que uno declare no arrepentirse de nada es como tirar piedras sobre el propio tejado; como mínimo, uno se pregunta si llegará el momento en que se arrepientan de decir tal estupidez.

Decir que uno no se arrepiente de nada equivale a proclamarse Don Perfecto. Y es que el arrepentimiento es algo esencial – no tanto las cosas por las que nos arrepentimos – en el camino de la vida; supone un aprender de nuestros errores, sabiendo lo que se ha hecho, se pueda remediar o no, y emergiendo con la firme voluntad de que no vuelva pasar. Es sobre todo un elemento que nos ayuda a conocernos más a fondo, precisamente porque uno aprende más de sus defectos que de sus virtudes.

Siempre ayuda a perfilar nuestra radiografía del alma, tomando como base un acto de humildad donde el reconocimiento de que podemos hacer las cosas mal, y de hecho las hacemos, es presupuesto indispensable. Podemos sentir más o menos culpa por lo hecho, pero lo verdaderamente fundamental es decidirse a levantarse nada más producido el traspié. Se trata de reflexionar sobre la acción propia, sin hurgar en la herida ofuscadamente, y mirar hacia adelante con férrea determinación. No es sufrir innecesariamente sobre algo ya pasado; es evitar sufrir por algo que puede volver a pasar. Ya lo dijo Scheler: «El arrepentimiento es la poderosa fuerza de autorregeneración del mundo moral que opera contra su continuo entumecimiento. [...] mira hacia atrás con una mirada llorosa, pero sin embargo actúa alegre y poderoso hacia el futuro, hacia la renovación, hacia la liberación de la muerte moral».

viernes, 8 de octubre de 2010

La importancia de los clásicos



En tiempos de penuria o indecisión intelectual, muchas veces la única escapatoria parece residir en los clásicos. No sé dónde lo leí o quién me lo dijo, pero aquella persona o personaje decía que únicamente leía libros de autores fallecidos. Lo que inicialmente puede parecer una declaración propia de un snob sin escrúpulos tiene también su sentido: a fin de cuentas, es una gran manera de seleccionar qué leer y qué no leer. El tiempo es el filtro por excelencia y nos hace el gran favor de separar el trigo de la cizaña. Con mayor o menor acierto, actúa como juez neutral sobre la verdadera calidad o importancia de algo.

La razón es simple. Tan fácil es dejarse llevar por modas pasajeras en las que la mediocridad de algún producto se explote que resulta casi inevitable no unirse a los demás en su alabanza de algo mediocre; lo malo o lo simplemente regular se convierte, por tanto, en objeto de veneración ciega por parte de las masas. Y es que cuando uno se acostumbra a la mediocridad la consecuencia lógica es que sólo sea esta la que consiga satisfacerle a uno. Si algo se separa de ella o de unos ínfimos cánones predeterminados, automáticamente se rechaza por ser 'diferente'.

Así, sin unos cimientos fiables se pierde sensibilidad (o sencillamente ni se adquiere), con lo que cualquier cosa -- sea un libro, una obra de arte, una película -- es capaz de impresionar con un mínimo de estética bien posicionada para que el lector/espectador pasivo se vea plenamente satisfecho. Los clásicos siempre están ahí para decirnos: aquí estoy yo. Nos proporcionan unos fundamentos muchas veces necesarios para saber discernir lo bueno de lo meramente oportuno.

Por tanto, el que el libro de un autor ya fallecido se siga leyendo en nuestros días es, cuanto menos, indicativo. Evidentemente no puede tomarse como máxima infalible, ni como criterio único para decidir por dónde proseguir el camino intelectual, pero es indudable que si hoy en día seguimos leyendo a Shakespeare, Dostoyevski o Lorca es por algún motivo. No tanto por su habilidad como escritores, que también, sino esencialmente por su relevancia atemporal. Si hay algún rasgo que defina la atemporalidad de estos es sus reflexiones o comentarios sobre el ser humano; leerlos, por tanto, nos hace más humanos a nosotros los lectores.

Esto entronca con la definición que hizo Italo Calvino de un clásico: un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir. Su riqueza temática es incontenible y se presta a más de una lectura; por ello, "los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir 'Estoy releyendo...' y nunca 'Estoy leyendo...'. Mark Twain, por su parte, escribió que un clásico es un libro que la gente elogia pero no lee. Si hay un tinte de negatividad en su manera de expresar las cosas, se debe sin duda a lo fácil que es acomodarse respecto a un clásico: los damos por hecho de manera equivocada, simplemente por su estatus, y esto es un gran error. ¿Cuántos españoles de verdad han leído El Quijote en su integridad? ¿Y cuántos de ellos lo hicieron de manera voluntaria, es decir, sin el profesor detrás de ellos continuamente? Muchas veces se cita el 'Ser o no ser' de Hamlet, y sin embargo ¿quién de verdad se molesta en leerlo?

No es malo que la gente conozca pero no lea los clásicos, ni mucho menos --de hecho es preferible a que ni los conozcan. Y, por otro lado, leer los clásicos no presupone ceñirse a ellos de modo empedirnido, desechando todo lo actual o 'moderno'. Al revés, más bien. Quien diga que hoy en día no se escribe buena literatura, o que no se hace buen cine, o que no hay música 'como lo de antes' es un engañado. Se trata, en último término, de actuar con criterio e interés. Quien tenga inquietudes intelectuales de verdad encontrará los ansiado. Y si no, pues el tiempo dirá seguramente, enseñándonos con más o menos fiabilidad por dónde van los tiros. En cualquier caso, siempre nos quedarán los clásicos como fuente de calidad, conocimiento y, ante todo, humanidad.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Anna Karina en 'Vivre sa vie'



Sin duda una de mis películas favoritas (entre las mejores de Godard, sin duda). En la escena la protagonista se emociona en una sala de cine vacía al ver La pasión de Juana de Arco de Dreyer. Es una escena preciosa.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Broken Toe Blues



Llevaba esperando en la vía del tren unos diez minutos. Eran las once y media de la noche y la estación estaba vacía. De pronto, a mi derecha, se abrieron las puertas del ascensor, de donde salió un hombre negro, alto y corcovado, con un bolsa de plástico en la mano y canas en las barbas. Vestía harapos de chándal y caminaba con dejadez. Se sentó a mi lado en el banco.

“No sabes lo difícil que es caminar con los dedos de los pies rotos”, fue lo primero que dijo. Ante tan rotunda e inesperada afirmación, me quedé atónito. Eché la mirada hacia abajo y vi que calzaba unas zapatillas gastadas y andrajosas, con las puntas rotas. Por debajo sobresalía una maraña de vendas mal puestas. Le pregunté que por qué no iba a un hospital o algo. “No, si ya fui”, dijo con una sonrisa “y sólo me pusieron estas malditas vendas”. Le dije que vaya, que suerte con la recuperación, aun sin saber cuánto tiempo tardaría en curarse. “Para un hombre de mi edad, unos seis meses o así. Eso me dijeron”. Le dije que lo sentía. “Sabes, en realidad aparento ser más joven de lo que soy. Tengo sesenta años”. Le repliqué que sí, que de verdad parecía más joven. “Tengo un hijo de cuarenta años por ahí, aunque no sé dónde exactamente”.

Sus dedos aferraban un cigarro apagado como si de un rosario se tratara. “¿Tienes cerillas o algo?”. Le di mi mechero del 7-Eleven y se encendió el cigarrillo. Echó una bocanada de humo. “Bueno, ¿y tú de dónde eres?” Le expliqué que venía de España, pero que había vivido en Inglaterra unos años – de ahí ‘my funny accent’, como lo llamó. “Ajá, ¡así que eres un mentiroso! ¡Los engañas a todos!”, me dijo. Los dos nos reímos.

Entre chirridos y temblores y luces, llegó un tren. Se dirigía al Loop del centro de Chicago, pero no era el mío. El hombre se levantó pesadamente con un bufido. “Este es mi tren”. Nos dimos la mano. “Un placer haberte conocido”. Respondí que lo mismo. Pero el tren no se detuvo delante de nosotros, sino a unos extenuantes treinta metros. “Aw, mierda”, exclamó. Y con torpes pasos de pingüino herido se dirigió al vagón más cercano, agitando la bolsa de plástico y lanzando vociferios de dolor.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Dreamtigers



En la infancia yo ejercí con fervor la adoración del tigre: no el tigre overo de los camalotes del Paraná y de la confusión amazónica, sino el tigre rayado, asiático, real, que sólo pueden afrontar los hombres de guerra, sobre un castillo encima de un elefante. Yo solía demorarme sin fin ante una de las jaulas en el Zoológico; yo apreciaba las vastas enciclopedias y los libros de historia natural, por el esplendor de sus tigres. (Todavía me acuerdo de esas figuras: yo que no puedo recordar sin error la frente o la sonrisa de una mujer.) Pasó la infancia, caducaron los tigres y su pasión, pero tadavía están en mis sueños. En esa napa sumergida o caótica siguen prevaleciendo y así: Dormido, me distrae un sueño cualquiera y de pronto sé que es un sueño. Suelo pensar entonces: Éste es un sueño, una pura invención de mi voluntad, y ya que tengo un ilimitado poder, voy a causar un tigre.
¡Oh, incompetencia! Nunca mis sueños saben engendrar la apetecida fiera. Aparece el tigre, eso sí, pero disecado o endeble, o con impuras variaciones de forma, o de un tamaño inadmisible, o harto fugaz, o tirando a perro o a pájaro.

JORGE LUIS BORGES, El Hacedor (1960)

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Nick Drake - Place to be



When I was young, younger than before
I never saw the truth hanging from the door
And now I'm older see it face to face
And now I'm older gotta get up clean the place.

And I was green, greener than a hill
Where flowers grew and the sun shone still
Now I'm darker than the deepest sea
Just hand me down, give me a place to be.

And I was strong, strong in the sun
I thought I'd see when day is done
Now I'm weaker than the palest blue
Oh, so weak in this need for you.

Encuentros trascendentales: David Shultz



Aquel verano de 2007 fue un verano especial. Se acabó 2º de Bachillerato y, con ello, una etapa importante de mi vida. Pocos meses después empezaría la Universidad, momento que aún parecía lejano, aunque llegaría tarde o temprano. Pero aún quedaba tiempo. Tiempo de sobra, para hacer de todo haciendo nada, vagueando en la piscina con un libro en la mano o de fiesta con los amigos. Lo que fuera: el colegio se había terminado, y eso es lo único que importaba.

Gran parte de ese verano lo dediqué a escuchar música. Y a escribir sobre ella. En plena euforia de descubrimiento musical (que, gracias a Dios, aún no ha llegado a su fin), decidí contribuir a una página web americana especializada en música independiente, arte y cine. Se llamaba Lost At Sea. Envié un e-mail, detallando mi pasión por la música y mi entusiasmo por poder escribir acerca de ella en semejante sitio, etc. Al cabo de unos días recibí un e-mail del editor, diciendo que me aceptaban.

A partir de entonces sólo me quedaba esperar a los CDs que venían desde Estados Unidos. Era fácil: yo elegía los álbumes de los que quería hacer una crítica, el editor contactaba con el sello discográfico y, alrededor de una semana después, me llegaban a casa por correo. Más de una mañana esperé con ansiedad a que llegase el cartero.

Mi primera crítica fue destructiva. Y es que el disco de verdad era horrendo: una colección de canciones emo con tintes de country y letras sensibleras de adolescente lastimado. Al editor le hizo mucha gracia, o eso me dijo. El resto de los discos sí fueron merecedores de una buena calificación. Entre ellos estaba el por entonces último disco de Wilco, uno de mis grupos preferidos. Se llamaba Sky Blue Sky y, si no me equivoco, le puse un notable.

El caso es que pocos días después de que la crítica saliese a la luz, recibí un e-mail de un desconocido. Se llamaba David Shultz y, según me contaba, era un joven cantautor de Richmond, Virginia. Me dijo que le encantó mi crítica del disco de Wilco, del cual él también era fan, y que si no me importaría escribir sobre su nuevo disco, Sinner's Gold. Le respondí que por supuesto. Recibí su disco a los pocos días, con una nota escrita a mano que decía 'Dear Pablo. Hope you enjoy the music. Got some new songs on my mind'. Escuché el disco, compuesto por canciones de folk acústico, melodías pop ocasionales y letras intimistas. Sin ser el descubrimiento del siglo, me gustó mucho. De alguna manera, debido al extraño modo en que "conocí" a Shultz, escuchando sus canciones sentí una leve sensación de familiaridad, como si se de un amigo de toda la vida se tratase.

Y es que sí, en efecto, fue lo que llamo uno de esos "encuentros trascendentales" -- cuando llegan, llegan con toda su fuerza y dejan su marca. No siempre te confía alguien sus canciones para que escribas sobre ellas. Y ahora, tres años después vuelvo a escribir sobre Shultz por el simple hecho de que una de sus canciones me salió en el shuffle del iPod. De súbito, recordé cómo sus canciones llegaron a mí, y sólo pude sonreir. Esté donde esté ahora, le deseo mucha suerte.

Os dejo con una de las canciones del disco:
Can't Can't

Página oficial de David Shultz & the Skyline
Crítica de Sinner's Gold

viernes, 10 de septiembre de 2010

Phoenix - 1901

Cartier-Bresson y el momento decisivo



“To take photographs means to recognize – simultaneously and within a fraction of a second – both the fact itself and the rigorous organization of visually perceived forms that give it meaning. It is putting one’s head, one’s eye and one’s heart on the same axis.”

Aprovechando que los jueves la entrada es gratis, ayer fui al Art Institute of Chicago. Estuve gran parte de la tarde en la exposición temporal sobre el célebre fotógrafo francés Henri Cartier-Bresson. Me encantó, por supuesto.

Su Leica revela precisamente eso, el momento decisivo, que queda congelado y deviene irrecuperable. Dentro de la colección había fotos de todo tipo: curiosas, sensuales, oníricas, etc. Muchos retratos de intelectuales de la época también, como los de un jovencísimo Truman Capote o de un anciano Ezra Pound.

Si hay algo que caracteriza gran parte de ellas es esa palpable sensación de melancolía en blanco y negro. En todas ellas se percibe cómo el tiempo pasa -- o pasó. Sólo la fotografía es capaz de plasmar esto. Como él mismo dijo, mientras que el arte es meditación, la fotografía es una reacción inmediata.

jueves, 9 de septiembre de 2010

T. S. Eliot y la búsqueda de la eternidad



Our only health is the disease
If we obey the dying nurse
Whose constant care is not to please
But to remind of our, and Adam's curse,
And that, to be restored, our sickness must grow worse.

Esta semana volví a leer Cuatro Cuartetos, de T. S. Eliot, aunque 'volver a leer' no es más que un decir. A eso de los 17 años, un profesor me lo recomendó (tras haberme prestado un ejemplar de 1942 de La tierra baldía, en versión original y con las páginas amarillentas) -- entonces la poesía era para mí un mundo absolutamente desconocido, y mis esfuerzos por entenderla solían ser, cuanto menos, en vano. Digamos, entonces, que es como si la hubiese leído por primera vez. Únicamente recordaba algunos pasajes concretos y la temática general, y en ningún momento pensé que su impacto iba a (volver a) ser tan grande.

La poesía de Eliot, considerado el mejor poeta en lengua inglesa del siglo XX, es una poesía de ideas. Aparte de ser impecable desde el punto de vista de la forma, Eliot logra transmitir una sensación de trascendencia de principio a fin; se trata de pura poesía metafísica (o metafísica poética, si cabe), anclada en lo terrenal, eso sí, pero siempre en busca de las cualidades espirituales que separan al hombre de lo animal. De alguna manera, Eliot consigue expresar mediante palabras lo que ni las palabras pueden expresar por sí solas.

Las palabras de Eliot ebullen con ansiedad por encontrar algo superior a lo meramente humano. Eliot se empeña, a lo largo de los cuatro cuartetos, en elevar a la persona, imperfecta en todo su ser, a la perfección anhelada. Eso sí: consciente, en todo momento, de la mundanidad de lo meramente terrenal, pero sin perder de vista todo aquello (tanto sus limitaciones como sus aspiraciones ulteriores) que hacen al individuo un ser tan particular. En su día dicha obra fue criticada por ser 'abiertamente cristiana', lo cual no deja de ser un poco desconcertante. De todos modos, aun influida tanto por el cristianismo y religiones orientales, Cuatro Cuartetos es, sobre todo, abiertamente humana.

Sus reflexiones sobre el tiempo, concebido como irredimible en su constante movimiento, irreversible y, sí, eterno, laten con una profundidad y belleza impensables. "Only through time time is conquered"; pero el tiempo no fue ni será, simplemente es ("And all is always now"), moviéndose perpetua e inexorablemente en su quietud. "If all time is eternally present / All time is unredeemable".

Eliot ante todo se muestra a sí mismo como otra persona más, atento a todo lo imperfecto que le rodea y ansioso, al mismo tiempo, por alcanzar la perfección inalcanzable. La humildad -- y no la soberbia -- quizá sea la vía idónea para seguir dicho camino: "The only wisdom we can hope to acquire / Is the wisdom of humility: humility is endless". Así, la verdadera virtud yace en el intento honesto y no tanto en el resultado final. A fin de cuentas, éste no depende de nosotros, puesto que "For us, there is only the trying. The rest is not our business". Eliot, sin embargo, no desiste y, en todo momento, es consciente de que lo eterno está ahí, en alguna parte -- de nada sirve pretender encontrarlo si antes no se sale a la búsqueda. La poesía de Eliot, en cualquier caso, es un reflejo perfecto de dicha pretensión, aparte de un canto a lo contradictorio de lo humano y lo divino.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Poema

Leí este poema el otro día y me dejó a-no-na-da-do.



Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores
blanquísimos donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y
cintas que dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas
precisamente lo que viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones
cuando se disuelven en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese
pelo lacio, esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino
es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre en
una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.

Julio Cortázar, Ultimo round