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miércoles, 27 de abril de 2011

The Man Who Listened to Birds



Hace unos años, durante una de mis estancias veraniegas en Nueva York, caminaba solo por Central Park en una tarde gris. En medio de ese microcosmos natural iba yo tranquilamente, contemplando la naturaleza que parecía mantenerse impertérrita ante la metrópolis metálica e incansable que le rodeaba. Tenía los cascos del iPod puestos; escuchaba el ábum Marquee Moon del grupo Television, cuyo sonido refleja a la perfección la jungla urbana neoyorquina.

En algún momento paré a comprarme un perrito caliente por dólar y medio en un tenderete de esos, desde donde se veía la parte trasera del Guggenheim. Me senté en un banco, a mi alrededor una muchedumbre esparcida de gente variopinta: ciclistas que no conocían fatiga, turistas con cámaras colgando del cuello, madres con sus niños pequeños, algún que otro saxofonista solitario en un rincón. Seguí andando hasta adentrarme en alguna parte más recóndita del parque, cerca de uno de sus muchos lagos, donde apenas había gente.

De repente me ve un hombre y me para. Rondaría los cincuenta años. Su cara quedaba marcada por un rastro de afabilidad y experiencia. Vestía una camiseta y una gorra de los Yankees. Me quito los cascos. Sin preámbulos, me pregunta: "¿Sabes qué pájaro es ese?" Señala a escasos metros de mí, donde efectivamente, posado en una piedra, deambulaba un pájaro amarillado, con sombras de negro y blanco, lanzando una melodía ajeno a todo. "No tengo ni idea de pájaros", le contesté con una sonrisa. "Es una curruca", me dice de manera fáctica, con comprensión, "No se trata sólo de mirar, chico, tienes que escuchar". Boy, you gotta listen. Me quedé mirándole unos instantes, sin saber si comprendía bien o no. Sus palabras no fueron más. Le dediqué una sonrisa, y le dije que lo haría. Nos dimos la mano entre nice-to-meet-yous y demás y seguí a paso decidido por rutas indecisas, esta vez sin enchufarme los cascos, tratando de escuchar como él dispuso.

No sé por qué, pero siempre pensé que sus palabras derrochaban sabiduría. Aún sigo sin entender del todo su significado concreto, pero pienso que encerraban una moraleja algo incierta, pero verdadera después de todo. En cualquier caso me pareció una historia bonita que contar. Boy, you gotta listen. Escuchemos, entonces; no hacerlo equivale casi a ir con los ojos vendados.

domingo, 23 de enero de 2011

Recuerdos de mi abuelo


Mi abuelo Matías, como todo buen abuelo, fue una persona que, ante todo, concedió a sus nietos infinidad de caprichos que nunca habría permitido a sus propios hijos. Desde pequeños nos inculcó en el arte del buen comer, esto es, atiborrándonos de dulces y frutos secos y chocolates ante la grave mirada de nuestra abuela que, asustada, nos amenazaba con un futuro temible dolor de barriga en caso de seguir así. Nos transmitió el arte de la música clásica hasta tal punto de que se han convertido, para mí, en dos elementos inseparables -- no puedo escuchar a, digamos, Tchaikovsky o Chopin sin pensar en él. Su casa estaba llena de CDs y vinilos y cables y artilugios de alta fidelidad; la casa, en el barrio madrileño de Aluche, respiraba música por todos sus rincones polvorientos. Nos ponía películas los fines de semana (grabadas en cintas Betamax directo de Televisión Española) como Superman, Fantasía, Indiana Jones o las de James Bond con Roger Moore, cosa que a mi padre no le hacía tanta gracia por sus frecuentes escenas subiditas de tono. Nos llevaba al parque de atracciones y al cine cada dos por tres y nos compraba juguetes como los del Capitán Planeta o el Vengador Tóxico. En resumen, nos trataba como a reyes a mis hermanos y a mí – ir a casa de mis abuelos paternos los sábados era una aventura, siempre a la espera de descubrir algo nuevo que aprender de mi abuelo.

Matías era una persona con aficiones que han pasado de generación en generación. La fotografía y la música le apasionaban; de no ser por él, mi casa no sería el escenario musical que suele ser todos los días, con cada hermano tocando el violín o el piano o la guitarra a todas horas, o simplemente poniendo música en el iPod a todo volumen, haciendo que mi madre se vuelva loca. Hacía fotos en todo momento, siempre armado con su fiel cámara Nikon. No era una persona que leyese mucho, pues su esencia se encontraba en lo práctico e inmediato. Casi todos los días se iba al Auditorio Nacional, solo o acompañado de mi abuela, a oír un concierto.

El día que Matías murió, una de mis hermanas, que no tendría más de 6 años, irrumpió en mi cuarto, donde dormía con mi hermano pequeño. Nos despertó a los dos entre sollozos y, con la puerta media abierta y la voz entrecortada, lloró ‘Matías se ha muerto’ y se fue corriendo por el pasillo enmoquetado. Por entonces vivíamos en Inglaterra, y la noticia venida desde España en la distancia la teñía de más dolorosa aún. Mi hermano y yo nos miramos fugazmente y nos giramos sobre las camas, mudos por completo.

Esa misma tarde, contaría mi madre años después, mi hermana estaba en el jardín lanzando papeles al aire con palabras escritas, entre la impotencia y las lágrimas. Decía que quería que llegasen al cielo para que Matías los pudiese leer, pero que siempre se caían.

sábado, 6 de noviembre de 2010

El insoportable placer de encontrar y comprar libros de segunda mano


"Second hand books are wild books, homeless books; they have come together in vast flocks of variegated feather, and have a charm which the domesticated volumes of the library lack".

-- Virginia Woolf

En el corazón del bohemio barrio de Wicker Park, Chicago, se encuentra Myopic Books, una célebre librería de libros de segunda mano, abierta todos los días (incluído domingos) de 9 de la mañana a 11 de la noche. Tiene tres pisos y más de 80.000 títulos a precios muy asequibles. He ido ya dos veces y aún me quedan unas cuantas.

La regenta un hombre grande de apariencia afable, vestido en tirantes de granjero y con una indomable barba canosa, cuya peculiar afición por el bluegrass y folk hace que la música (más americana imposible) se filtre por entre las avejentadas estanterías pobladas de libros usados, mientras uno manosea libros provenientes de un primer lector pasado -- y uno se pregunta, ¿quién leyó este libro por primera vez? ¿Por qué decidió devolverlo? Etc etc. Al pasar las páginas de los libros uno se ve lanzado al pasado de forma inmediata; las páginas amarillentas, el olor que éstas desprenden, el nombre del antiguo propietario garabateado en la primera página.

Las estanterías llegan hasta el techo y su contenido está convenientemente ordenado por categorías y en orden alfabético, mientras que los angostos pasillos le obligan a uno a andar con sumo cuidado, no sea que se tope con una estantería y quede ahogado por una masa amorfa de libros sin dueño. La tenue luz proveniente de las bombillas, que cuelgan endeblemente, así sin más, lo asemeja todo a una peculiar caverna literaria, ajena al paso del tiempo.

En mis dos visitas, me compré East of Eden de John Steinbeck (me lo leí por primera vez hace unos seis años y es uno de mis favorites); Three Lives de Gertrude Stein, la 'madre' parisina de los escritores de la llamada Generación Perdida; La caída, de Camus; unas obras selectas de Platón (The Works of Plato, en una edición de The Modern Library en tapa dura); The European Philosophers from Descartes to Nietsche, también de esta última editorial; tres obras de la maestra del relato corto, Flannery O’Connor; y Atlas Shrugged (La rebelión de Atlas en su traducción al español), de la siempre polémica y estimulante Ayn Rand. Esta es sin duda su mejor obra y uno de los libros más importantes del pasado siglo, especialmente relevante en estos días de recesión económica. Pero eso es ya otra historia. En fin, que todo por cincuenta y pocos dólares, lo cual no está nada mal.

Al entrar en la tienda uno obtiene la leve sensación de ser capaz de recibir toda la sabiduría contenida en los innumerables tomos, como una planta se alimenta por fotosíntesis. Pues bien, símiles inútiles aparte, en verdad es algo parecido. En estos días otoñales, con el punzante frío que arrecia en The Windy City, es quizá el refugio perfecto – sueño con quedarme toda una tarde en el piso de arriba (sección de libros de religión, filosofía y demás), donde a través del gran ventanal que preside dicho ático se ve (y se oye) todo el runrún de la calle hasta el anochecer. Si Borges siempre imaginó que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca, creo que no estoy muy alejado de lo que él pensaba al respecto.

http://www.myopicbookstore.com/

TONIGHT! Bob Dylan & His Band In Chicago!



Bob Dylan vino a Chicago hace una semana. Era el 30 de octubre y las calles estaban plagadas de gente disfrazada para celebrar la noche de Halloween. Al llegar al Rivera Theatre, tres cuartos de hora antes de que empezara el concierto, nos encontramos con una cola inconmensurable que recorría manzanas y manzanas. Cientos de personas impacientes, en fila en medio del frío, esperando ver a quien probablemente sea el músico más influyente del siglo pasado.

El que fuera en los sesenta, muy a su pesar, ‘the voice of a generation’ es hoy en día un troubadour de 69 años que desde hace más de veinte recorre el mundo dando en torno a cien conciertos anuales junto con su fiel banda de acompañamiento. Su voz es áspera como la lija y a veces sus propias letras resultan casi ininteligibles. Incluso sus más devotos fans (entre los que yo me incluyo) tienen a veces que hacer un esfuerzo para adivinar exactamente qué canción está tocando, ante todo porque Bob Dylan sigue leal a su constante proceso de reinvención, y sus canciones mutan sin cesar. Para Bob Dylan, nada se mantiene igual que hace décadas, y su evolución artística es claro reflejo de ello.

No es la primera vez que veo a Bob Dylan en directo, pues le vi en Pamplona en el 2007, donde puso un buen show, pero decicidamente menor a éste El concierto fue todo una experiencia, una mezcla de los hits de los 60 y 70 junto con canciones de sus álbumes más recientes. Empezó con la Leopard-Skin Pill-Box Hat', convertida en un blues remolón, seguida por una inesperada ‘The Man In Me’. Su rendición de ‘Simple Twist of Fate’ fue toda una maravilla, al igual que ‘Tangled Up In Blue’, ambas narraciones de amor encontrado y perdido, desencuentros y nostalgia. ‘Ballad of a Thin Man’ fue una de mis preferidas, una versión incendiaria sobre el notorio Mr. Jones, mientras el escenario oscurecía y las sombras de los músicos se proyectaban sobre el telón de manera amenazadora.

Bob Dylan es una leyenda viva, un personaje aún enigmático a pesar de los ríos de tinta vertidos en torno a su música y persona. Verle en el escenario, ataviado con ropa de músico blues de los 30, sombrero de cowboy incluído, no tiene parangón. Cuando cogía su harmónica y entonaba un solo, enfrente de los miles de presentes, el público quedaba mudo y paralizado. Era como ver a un mago haciendo su mejor truco, tras el cual venía una lluvia de aplausos que parecía no tener fin.

En la propina empezó con 'Jolene', de Together Through Life seguida por la mítica ‘Like A Rolling Stone’, en la que el público, consistente en gran parte en baby boomers de los 60, se levantó y cantó 'How does it feel?' por todo lo alto. El concierto terminó con ‘Forever Young’, como si Bob Dylan, a pesar de los años, estuviese cantando a sí mismo, y es que por todo el tiempo y la distancia que ha recorrido en su dilatada carrera, Bob Dylan sigue siendo el de siempre, por mucho que diga en 'Things Have Changed'. Su único cometido es estar en la carretera y satisfacer a su público cada noche, y lo consigue con creces. Fue una gran noche.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Broken Toe Blues



Llevaba esperando en la vía del tren unos diez minutos. Eran las once y media de la noche y la estación estaba vacía. De pronto, a mi derecha, se abrieron las puertas del ascensor, de donde salió un hombre negro, alto y corcovado, con un bolsa de plástico en la mano y canas en las barbas. Vestía harapos de chándal y caminaba con dejadez. Se sentó a mi lado en el banco.

“No sabes lo difícil que es caminar con los dedos de los pies rotos”, fue lo primero que dijo. Ante tan rotunda e inesperada afirmación, me quedé atónito. Eché la mirada hacia abajo y vi que calzaba unas zapatillas gastadas y andrajosas, con las puntas rotas. Por debajo sobresalía una maraña de vendas mal puestas. Le pregunté que por qué no iba a un hospital o algo. “No, si ya fui”, dijo con una sonrisa “y sólo me pusieron estas malditas vendas”. Le dije que vaya, que suerte con la recuperación, aun sin saber cuánto tiempo tardaría en curarse. “Para un hombre de mi edad, unos seis meses o así. Eso me dijeron”. Le dije que lo sentía. “Sabes, en realidad aparento ser más joven de lo que soy. Tengo sesenta años”. Le repliqué que sí, que de verdad parecía más joven. “Tengo un hijo de cuarenta años por ahí, aunque no sé dónde exactamente”.

Sus dedos aferraban un cigarro apagado como si de un rosario se tratara. “¿Tienes cerillas o algo?”. Le di mi mechero del 7-Eleven y se encendió el cigarrillo. Echó una bocanada de humo. “Bueno, ¿y tú de dónde eres?” Le expliqué que venía de España, pero que había vivido en Inglaterra unos años – de ahí ‘my funny accent’, como lo llamó. “Ajá, ¡así que eres un mentiroso! ¡Los engañas a todos!”, me dijo. Los dos nos reímos.

Entre chirridos y temblores y luces, llegó un tren. Se dirigía al Loop del centro de Chicago, pero no era el mío. El hombre se levantó pesadamente con un bufido. “Este es mi tren”. Nos dimos la mano. “Un placer haberte conocido”. Respondí que lo mismo. Pero el tren no se detuvo delante de nosotros, sino a unos extenuantes treinta metros. “Aw, mierda”, exclamó. Y con torpes pasos de pingüino herido se dirigió al vagón más cercano, agitando la bolsa de plástico y lanzando vociferios de dolor.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Encuentros trascendentales: David Shultz



Aquel verano de 2007 fue un verano especial. Se acabó 2º de Bachillerato y, con ello, una etapa importante de mi vida. Pocos meses después empezaría la Universidad, momento que aún parecía lejano, aunque llegaría tarde o temprano. Pero aún quedaba tiempo. Tiempo de sobra, para hacer de todo haciendo nada, vagueando en la piscina con un libro en la mano o de fiesta con los amigos. Lo que fuera: el colegio se había terminado, y eso es lo único que importaba.

Gran parte de ese verano lo dediqué a escuchar música. Y a escribir sobre ella. En plena euforia de descubrimiento musical (que, gracias a Dios, aún no ha llegado a su fin), decidí contribuir a una página web americana especializada en música independiente, arte y cine. Se llamaba Lost At Sea. Envié un e-mail, detallando mi pasión por la música y mi entusiasmo por poder escribir acerca de ella en semejante sitio, etc. Al cabo de unos días recibí un e-mail del editor, diciendo que me aceptaban.

A partir de entonces sólo me quedaba esperar a los CDs que venían desde Estados Unidos. Era fácil: yo elegía los álbumes de los que quería hacer una crítica, el editor contactaba con el sello discográfico y, alrededor de una semana después, me llegaban a casa por correo. Más de una mañana esperé con ansiedad a que llegase el cartero.

Mi primera crítica fue destructiva. Y es que el disco de verdad era horrendo: una colección de canciones emo con tintes de country y letras sensibleras de adolescente lastimado. Al editor le hizo mucha gracia, o eso me dijo. El resto de los discos sí fueron merecedores de una buena calificación. Entre ellos estaba el por entonces último disco de Wilco, uno de mis grupos preferidos. Se llamaba Sky Blue Sky y, si no me equivoco, le puse un notable.

El caso es que pocos días después de que la crítica saliese a la luz, recibí un e-mail de un desconocido. Se llamaba David Shultz y, según me contaba, era un joven cantautor de Richmond, Virginia. Me dijo que le encantó mi crítica del disco de Wilco, del cual él también era fan, y que si no me importaría escribir sobre su nuevo disco, Sinner's Gold. Le respondí que por supuesto. Recibí su disco a los pocos días, con una nota escrita a mano que decía 'Dear Pablo. Hope you enjoy the music. Got some new songs on my mind'. Escuché el disco, compuesto por canciones de folk acústico, melodías pop ocasionales y letras intimistas. Sin ser el descubrimiento del siglo, me gustó mucho. De alguna manera, debido al extraño modo en que "conocí" a Shultz, escuchando sus canciones sentí una leve sensación de familiaridad, como si se de un amigo de toda la vida se tratase.

Y es que sí, en efecto, fue lo que llamo uno de esos "encuentros trascendentales" -- cuando llegan, llegan con toda su fuerza y dejan su marca. No siempre te confía alguien sus canciones para que escribas sobre ellas. Y ahora, tres años después vuelvo a escribir sobre Shultz por el simple hecho de que una de sus canciones me salió en el shuffle del iPod. De súbito, recordé cómo sus canciones llegaron a mí, y sólo pude sonreir. Esté donde esté ahora, le deseo mucha suerte.

Os dejo con una de las canciones del disco:
Can't Can't

Página oficial de David Shultz & the Skyline
Crítica de Sinner's Gold

lunes, 28 de junio de 2010

En el café Van Gogh



El autobús no salía hasta pasado una hora, con lo que me fui al Café Van Gogh para hacer tiempo. Está en pleno corazón de Moncloa y siempre me ha gustado el sitio. Me senté en una de las mesas de fumadores y me puse a leer uno de los libros que me compré esa tarde. (Let the Great World Spin, de Collum McCann). Sí, todo tan típicamente bohemio.

A la mitad del café con leche se sentó a mi derecha un grupo de cuatro: una mujer y tres hombres. El más cercano a mí era un hombre grande y gordinflón moreno, elegantemente vestido de negro y con zapatos puntiagudos y relucientes. Al sentarse noté cómo entre sus brazos se aferraba a un estuche de instrumento que, me di cuenta, resultó ser un cello. A su izquierda había un hombre mayor y canoso, con una sonrisa afable y un más que considerable parecido a Dustin Hoffman. Delante de ellos dos, el hombre y la mujer restantes, en los que apenas me fijé.

Seguía inmiscuido en mi libro, pero la conversación que se dio entre los cuatro no pude evitar escuchar. El hombre de negro, de Cuba, era el que tomaba los mandos. Hablaba con un entusiasmo sin parangón sobre el milagro de la música. Para él, la verdadera libertad estaba en aquellos preciosos momentos en que él cogía su instrumento y se ponía a tocar. Habló sin parar sobre la ópera, sobre cómo podría estar toda su vida haciendo lo mismo y ser feliz, sobre la diferencias sonoras entre un violín y un cello. Lo que más me impresionó fue ese frenesí suyo, esa emoción incontenible e inconcebible que surgía en él al hablar de la música. Verdaderamente, fue un encuentro trascendente. Los otros tres se limitaban a intervenciones puntuales, hablando sobre tal concierto o Plácido Domingo, pero sobre todo a sonreír. Era un hombre tan exaltado por lo que hacía que oírle hablar sobre ello era una delicia. Mientras lo hacía, fumaba sus Dunhill con una parsimonia envidiable.

Poco después, cuando creía que no podía mejorar el tema, apareció del fondo del bar un hombre con gafas, medio calvo, con pelo largo y gris y bigote. Se abrazó con el cellista cubano efusivamente, entre risas. Tenía una voz increíble, adulzada pero portentosa. Se autodescribía como 'anarquista' y dijo cosas como 'En esta vida es imposible que uno sea coherente consigo mismo'. Parece que era un cantante, aunque no sé de qué tipo, ya que comentó 'Hoy en día canto donde sea, allá donde me quieran y donde me dé la gana'. Su personalidad era demasiado atrayente, era algo así (según pude percibir) como un solitario antisistema que se dedicaba, de nuevo, a la música con todo su fervor. Y eso era lo único que le importaba, su única razón de ser. Era venezolano y, como el cubano, fue muy crítico con la situación de su país. Aun así, dijo, 'La libertad está en nosotros, está en todas partes'.

Cosas como estas siempre me dejan marcado -- para bien, por supuesto. Ante todo, me dan mucho que pensar. Toda esa gente, ahí fuera, tan característica e increíble y apasionada que no conocemos. O que creemos haber conocido, de algún modo, aunque sea entre las líneas de un libro y casi sin que ellos se den cuenta.

miércoles, 9 de junio de 2010

Mama, You Been In My Dreams



¿Alguna vez habéis soñado con alguna canción? Yo sí. No fue hace mucho. De hecho fue en una de esas largas y pesadas siestas, aquellas cuyo despertar sacan lo peor de ti. El caso: el sueño en sí fue bastante raro. Onírico, y algo inquietante. Estaba yo en un espacio desierto, de colores marrones, solitario. Un horizonte de cartón se alargaba hasta el infinito. Atardecía: una luz moribunda, de un curioso naranja espeso. Parecía un cuadro de De Chirico: como si todo el mundo se hubiese ido a dormir y yo fuera el único ahí. Sombras, etc.

Entre todo este paisaje irreal, en medio de la nada, se erguía un bloque de pisos, alto y gris. Parecía abandonado. Digo 'parecía', porque de una de las ventanas, en lo más alto, se colaba una melodía familiar, como si alguien hubiese puesto la radio.

La canción me sonaba: un rasgueo de guitarra acústica, acompañada de una voz engañosamente joven, nasal, que cantaba sobre un amor pasado. Un solo de armónica agridulce a medio camino. El cantante se acordaba de esa chica: no le guardaba rencor, ni seguía enamorado de ella -- ni mucho menos. El cantante simplemente quería transmitirle que en un determinado momento se había acordado de ella. Sólo eso. Sin más. El por qué no le quedaba claro del todo ("Perhaps it’s the color of the sun cut flat / An’ cov’rin’ the crossroads I’m standing at / Or maybe it’s the weather or something like that / But mama, you been on my mind"). Pero, independientemente de los posibles motivos, le hacía gracia, de algún modo, haberse acordado de esa chica olvidada hace tiempo. No le pide nada, ya le da igual lo que pueda estar haciendo ella ("It don’t even matter to me where you’re wakin’ up tomorrow"). Sólo quiere que ella sepa que se ha acordado de ella. Un pensamiento fugaz, quizá. Y ya.

La canción en cuestión es 'Mama, You Been On My Mind', de Bob Dylan. El que aparezca en mis sueños puede ser un claro indicador de mi obsesión con su música. Pero en fin; resulta que era una de sus canciones que menos había escuchado. Ahora ya no, por supuesto. Desde que apareció en mi sueño la he redescubierto y verdaderamente es una gran canción, preciosa y tierna.

No sé por qué escribo sobre esto.

domingo, 30 de mayo de 2010

DeLorean 1ro



Un amigo me pasa generosamente una canción (suya), y con gran entusiasmo me apresuré por acceder al enlace y comenzar a escuchar. Y llegué a las siguientes conclusiones:


1) Cada vez me impresiona más como la música puede ser mi "DeLorean" (coche de Back to the Future/ Regreso al Futuro que te transporta en el tiempo).


2) Las expresiones musicales, fílmicas y demás… no son iguales a como lo eran en los 80-90s (naturalmente); no se transmiten los mismos sentimientos que antes. Luego, no sé si es una cuestión de modas, eventos mundiales, guerras, paz, decadencia o prosperidad, eso lo dejaremos a los sociólogos (yo solo estudio Derecho).


3) Es bueno volver al pasado de vez en cuando.


Y como acostumbro, por suerte o desdicha, la mar de la conciencia fluye. Mareas van y vienen con ideas y cuestiones. Opté por hacer un contraste entre el pasado y el ahora. Partiendo de que el pasado era menos complicado, habían menos variables, todo era más ordenado, y concreto, y puro (Oxford coma: Pablo Hernandez).

Entonces me concentré en la cuestión: ¿Qué es lo que falta? ¿Qué ha cambiado?


Supongo que muchos de ustedes estarán de acuerdo con las siguientes ideas (o no).


Cuando niños, éramos "uni-focales", y eso era hermoso. Nos concentrábamos en una sola cosa a la vez y con ello lográbamos sentir la pureza absoluta de algo, hasta un sentimiento de paz. Sin variables, sin problemas, sin peros, ni quejas, ni miedos. Las ideas no sobrecargaban nuestra conciencia. Aprendíamos meramente observando.


Hoy en día, a estas edades, todo nos ataca. El movimiento tenebroso del mundo nos domina y arrastra. El mundo nos transforma en ROBOTS, una muerte muy trágica pero poco dolorosa, pues la víctima no se entera de que está muriendo.

"Hay que crecer", hay que aprender leyendo y memorizando. Tenemos que aceptar las ideas del resto e integrarlas en nuestro sistema; de lo contrario seríamos unos antisociales no deseados por la mayoría. Explotamos el tiempo y el tiempo nos explota. El miedo supremo a cometer errores; un error implica destrucción, cambio de planes, des-balance, agobio agobio agobio sobrecarga…


- Diez minutos por página, diez minutos por página…. apunta el comienzo y el fin, llegaste al fin y son doce minutos.. MIERDA, a este ritmo voy a suspender, ¡¡¡maximizar maximizar maximizar!! ¡¡No me estoy concentrando!! ¿¡¿Qué voy a hacer?!? ¡¡¡Voy a suspender!!!.. REDBULL REDBULL REDBULL concentración AHORA, ¡¡¡el tiempo se acaba!!! ¡¡¡No me lo sé de memoria!!! - M I E R D A - (y así un sinnúmero de ejemplos, ya se te ocurrirán unos cuantos, tengo la certeza de que sí).


…y cuando vuelves a tus cabales, un paquete de cigarrillos menos. Antes la esperanza era nuestro combustible... hoy en día... bueno, ¿el café?... ¿el Redbull?... ¿o quizás destruirte por completo el día sábado en una discoteca defogando tanta represión acumulada?


A esto hemos llegado.


En estos tiempos todo lo que absorbemos por nuestros sentidos está elaborado para cumplir una utilidad máxima, un extremo absoluto. Algo como las películas, sobrecargadas siempre de: fiesta, lo deslumbrante, la comedia sexual de risas estudiadas y aseguradas... o la "acción" traducida en violencia extrema, matanza, guerra carnicera, sangre, muerte y más sexo. La mayoría de la música solo rebela la decadencia espiritual. Los sentimientos pesados dan miedo, desconcentran, por lo tanto disminuyen la eficiencia. Pensar fuera del molde es peligroso, ¿para qué invertir tiempo en la contra? Mejor seguir la corriente "y tan a gustico".


Estimado lector - TODO está maximizado porque eso equivale a provecho seguro - Parecemos animales y al mismo tiempo máquinas. La suma aritmética del placer mundano más la eficiencia.


A esto hemos llegado.


Antes ver por la tele una conversación entre dos adolescentes, la despedida entre dos amigos, la espontaneidad de los sujetos como protagonismo y no como accesorio…. era suficiente para remover todo el interior. La inocencia era valorada en sí misma, ahora es un equivalente a idiotez, impericia.

Antes las flores bastaban, la paleta de colores durante el crepúsculo que podía conmoverte tanto hasta escalofriar y hasta alguna lágrima caída; todo muy naturalmente, claro. Te sentías bien sólo porque sí, por estar vivo y por estar viviendo ese momento preciso. Era más fácil la producción de sueños, la germinación de esperanza.


Tenemos mucha culpa. Recordemos el pasado, no por sufrimiento ni por "quedarte colgado en ello", sino por recordar, esas cosas y esas maneras que nos hacían sentir vivos de verdad.


Como un baño en la lluvia,

cobijarte bajo estrellas,

deseos implantados con furia,

abrazarte fielmente a ellas.


Revolcarte en la arena,

observar "uni-focalmente",

creer también en sirenas.

y suspirar frágilmente.


Creer.


Cantar, gritar, saltar,

reír, reír y reír.

Ser, como si nunca fuera a acabar.

Imaginar. Soñar.

Sentir, sentir, sentir,

Es un renacer, acaba de empezar.


Apégate a una idea a la vez, a un sentimiento a la vez.. ese sí que es un buen maximizar. Experimenta de nuevo el romance de sentir "uni-focalmente".


Tan solo el humilde pensamiento de un ser humano.


Saludos oh gran generoso lector.


Agradecimientos al talentoso Lucas Malcorra.

jueves, 13 de mayo de 2010

Noches con Chopin



Chopin y yo siempre nos llevaremos bien. Pero nunca durante el día -- su música nació para la noche. Es la una de la mañana y escucharle es un placer. Apenas hay palabras para describir lo que uno siente. Su música es romántica, íntima y penosamente humana.

Empecé a escuchar su Chopin de manera compulsiva a principios de curso. Normalmente mientras leía Doktor Faustus, de Thomas Mann, que es de los pocos libros que han conseguido plasmar los misterios de la música convincentemente. Desde entonces ha sido un no parar y sus Nocturnos se han convertido en un compañero constante durante muchas noches. Son de una belleza y una complejidad incomparables.

martes, 11 de mayo de 2010

I lost something I'll never find



No tendría más de tres o cuatro años. Estaba en la flor de la infancia; nada sabía y nada me importaba. Uno de mis objetos más preciados era un muñeco/action figure de Flash, ese infravalorado superhéroe de DC cuyo rasgo notorio era su rapidez sobrehumana. Embutido en un traje rojo, con antifaz y botas amarillas, Flash era capaz de aprehender y boxear el estómago de innumerables criminales y malhechores con su inusitada velocidad. Por eso me gustaba tanto, y el muñequito en cuestión suponía un fiel reflejo de mi creencia de que, algún día, sería como él. Bueno, quizá no tanto, pero ¿quién no quiso ser un superhéroe de pequeño?

Todos estos sueños e ilusiones se vieneron abajo poco después. Si no recuerdo mal vivíamos en Estados Unidos por aquel entonces, y un buen día nos fuimos de vacaciones a la playa desde Indiana.

Ese fatídico día decidí acercarme al mar a jugar con Flash. Nadie supo prevenirme del posible riesgo que eso entrañaba, mientras mis pies se tambaleaban en la arena al acercarme al agua, Flash en la mano. Por supuesto, vinieron las olas y, en un abrir y cerrar de ojos, se llevaron a mi Flash con ellas. Sin avisar, de manera traicionera. Sin pedir permiso, o perdón. No, las olas se lo llevaron silenciosamente, como si nada, inconscientes de lo mucho que significaba para mí. El sol vigilaba desde arriba. Yo me quedé boquiabierto -- no recuerdo si lloré o no, pero eso no importa. El dolor lo llevaba por dentro.

Flash se fue sin decir adiós.

La tristeza y el fastidio que me produjo esta pérdida no tiene parangón, y aún la recuerdo con impotencia. Si escribo sobre el tema será porque, de verdad de la buena, aún no he superado este trauma infantil. Lo curioso es que tanto mis padres como mi segundo hermano se acuerdan del muñeco de Flash. O más bien, de cuando lo perdí. Forma parte de la conciencia colectivo-familiar, y ahí estará siempre, imborrable. Por mucho que me pese, dudo que jamás vuelva.

martes, 27 de abril de 2010

Everybody Wants to Rule the World

Photobucket


Hace unas semanas, en un evento social, un estimado amigo puso aleatoriamente una canción que me transportó con muchísima ilusión al pasado. Ese olor, ventanillas eléctricas, era de color plomo-negro.. un Nissan si no me equivoco… el carro/coche de mi padre en aquellas épocas.

El tendía a compartir su música mucho con nosotros cuatro (mis tres hermanos y yo.. en ese entonces todavía éramos tres); de hecho alguna vez, hasta nos hizo memorizar una canción para que la cantemos juntos (de hecho, Kool & The Gang - Fresh). Mi padre, qué ser tan increíble.


Volviendo al tema, entonces, la canción de Tears for Fears "Everybody wants to Rule the World". Qué frase tan impactante y cierta. Dejaré el análisis de la canción para otro momento (o tal vez no).. pero lo que me interesa, es aferrarme egoístamente a esa única frase.. Todos Queremos REGLAR (me gusta mucho usar esta palabra {/dominar, paz!}) al Mundo.


Dando vueltas y más vueltas y algo de dialéctica, llego a muchas conclusiones.

En principio, venimos todos programados por default, en moldes preestablecidos, con destinos jugados. Por ejemplo la imposición involuntaria de una clase social donde naces, creces y te desarrollas, luego las oportunidades que te regala tu mero status {o las que no te regala}), te lo mereces porque sí, o no te lo mereces porque no.

Claro que existen excepciones a la regla, como en todo, yo personalmente lo certifico, lo he visto yo mismo. Pero en todo caso, a lo que quiero llegar es que existen al fin y al cabo, estas pequeñas burbujas, estos pequeños mundos independientes… las variadas vidas y realidades de todos los individuos.


En nuestros mundos todos queremos imponer, unos un más (máximos) y otros un poco menos (mínimos) unos están satisfechos con su mundo, y otros necesitan explorar el universo; y de aquí deriva la cuestión que me trastorna. "too many questions"...

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En este punto, puedes optar por omitir el siguiente párrafo percibiéndolo como un garabato; pero si quieres, y te animo a ello, puedes leerlo y luego en los comentarios, contribuir y adjuntar más preguntas al gran catálogo.

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Entonces, ¿Quién tiene autoridad? ¿quién tiene poder?… ¿quién se impone y quién se somete?

Siempre habrá una jerarquía macro y micro, ¿en qué lugar estás?… ¿te interesa escalar? o te da igual?.. ¿prefieres vivir desentendido de la vida? o acaso ¿quieres tener control?

Tu control es ¿vivir con la barriga llena y el corazón contento? ¿trabajar menos y ganar más? ¿tener a alguien que lave tu ropa? o acaso ¿ir al teatro una vez por semana? o ¿con una cajetilla de Marlboro rojo y buena música basta? ¿ser el líder de tu grupo? o el más inteligente? o el más influyente? o el más creativo? o el más guapo? EL MÁS +, la mejor exposición, práctica, pasantía, título, trabajo, carrera, puesto, ingresos, jerarquía, PODER, tener un complejo séquito de súbditos tácitos, fácticos, morales, afectivos.. ¿Cómo lo consigo? ¿Soy capaz? ¿quién me cree?¿cuánto tiempo? ¿cuánto tiempo? ¿cuánto tiempo? maximizar, utilidad!!…. elevarte a la dorada gloria o caer en un profundo hueco negro.. posibles resultados de una enamorada ambición.

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ya, paz.. paz..


Yo personalmente.. puedo decir que tengo una enamorada ambición, todavía no sé si es buena o mala, no ha resultado ser muy nociva …todavía. He saboreado un poco la dorada gloria (la cual me puedo atribuir casi al 100% si se me permite la modestia) y se siente bien; ahora quiero saber a qué sabe el platino… y ya luego se podrá seguir escalando.. (ya lo sé, platino es como un máximo, pero confío en que el humano inventará nuevos metales.. o cambiarán las percepciones sociales y habrán nuevos valores materiales, o lo que fuera..)


Pero el asunto es que no todos pueden estar en lo alto, y hay que competir... ¿mérito y capacidad?.. pues sí.. entonces a trabajar que la gloria no es gratis.


Concluyo diciendo que hay unos cuantos astronautas sueltos por ahí, unos ya vienen con su equipaje espacial regalado, y otros están todavía consiguiéndolo… un escalón más abajo, pero con la misma o más garra que aquél más resuelto.


¿Y tu?…

¿Qué eres? o ¿Qué quieres ser?

¿Astronauta? ¿Terrícola? o ¿Marciano?


I wanna rule the world… y -everybody- "me la suda"(no me importa/interesa).

Dog eat Dog?… tal vez, pero bueno, aquí estamos.


Más vueltas en la cabeza, siento que contradigo pilares ideológicos.. pero luego se justifican, pero luego no. Quiero dejar claro que el asunto del poder, es completamente independiente a la intención que se tenga en cuanto a su uso (benigno/maligno).



Gracias por leer.

Saludos oh gran lector generoso!




Foto por: Pablo Estrada F.

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